lunes, 17 de diciembre de 2012

Declaración


Que los reaccionarios tomen la utopía
que los dioses amparen al ateo
que los curas aborten sus fobias
que los liberales nieguen al dinero
que los soldados empuñen libros
que el Estado rescate personas
y la banca rescate personas
y las gentes rescaten personas.
Y nos amemos los unos a los otros
y seamos felices.

martes, 30 de octubre de 2012

El proletario, en España, se mueve


Ay Asturias
Ay León 
Qué guerreros
qué pundonor
qué fieros
y cuánto horror
en la guerra del carbón.

Ay mis Astilleros
Ay mi Bahía
Cómo pelean
qué osadía 
la del obrero
qué no se rinde
en el astillero.

Y cómo luchan
y cómo sienten
quién diría
viendo la tele
que el proletario 
en España
se mueve.

Por la educación
Por la sanidad
Por el carbón
y el barco en el mar
Por mi pensión
Por dignidad
revolución.

A por el patrón
y el banquero
el político ratero
cómo nos chupa
el mamón
se va a enterar
por ladrón.

A la de tres, Revolución
A la de tres, Revolución
A la de tres, ¡Revolución!

viernes, 26 de octubre de 2012

Noche sin luz


Buenas noches a todos. Son las diez y cuarenta y tres minutos de la noche en un piso cualquiera de cualquier lugar. Se ha ido la luz en toda la zona y parece que tardará en volver.


El único halo de luz que entra por mis retinas es el de las farolas anaranjadas de la calle, una vela minúscula de esas que se usan para decorar los catálogos de Ikea y la luz de la pantalla de mi portátil, al cual le quedan algo más de dos horas de batería (que luego serán más porque he desactivado el wifi y se supone que tiene que aguantar). Como exjugador de Cluedo que soy puedo asegurar y aseguro que la chica a la que le expropio Internet –te queremos Marta– es del mismo bloque que un humilde juntaletras porque no aparece la señal. Suena de fondo algo de Nada Surf que no hace más que consumir batería y darle sintonía a esta noche especial. Y digo especial sin ánimo de querer ser un bohemio de la vida. Pero es cierto que estas situaciones de incomunicación, sin tele ni radio ni nada que se le parezca, le dan un puntillo de extraordinariedad a la vida rutinaria que llevamos. Al menos la mía. Desde luego esta forma de esperar a la Muerte es digna de probar, al menos durante un día.


Desde que entré por la puerta hace una horilla larga he intentado llevar una vida normal en la anormalidad. Esto me hace reflexionar sobre la poca adaptabilidad que tenemos cuando queremos a toda costa imitar el día a día en las situaciones excepcionales que se nos presentan. Aunque es cierto que tenía que ir al baño como loco y eso no hay situación excepcional que lo cambie. Ese momento con el móvil en la boca intentando iluminar la oscuridad absoluta, apuntando con el cañón de vida a la nada y lanzandote a la aventura del desahogo a plena sombra de la noche no tiene precio. Creo –mañana lo comprobaremos– que he dejado el pabellón bien alto cuando, tras unas milésimas de suspense, he oído como las lágrimas del desecho humano producían, a su impacto con la calma del agua que reposa en el fondo de la garganta del señor Roca, el sonido inconfundible de la victoria en el tiro con pis que es, al fin y al cabo, esta cosa que llamamos vida.


Tras ese nada desdeñable triunfo me propuse el aún más difícil todavía: Cocinar a la penumbra de los fogones y de los ya mi inseparables amigos la luz de la vela-denigrante y la minipantallita del minigalaxy. Casualidades -o causalidades- de la vida había cacharros sin fregar. Y sí, han acertado, ahí fui yo. ¡Al lío! –me dije–, sin un atisbo de terror en la mirada, como cuando el gran Baughner, Baugner, Bahugner o como diablos se llame, saltó al vacío desde el más vacío todavía que es la estratosfera. Con el móvil entre los dientes y la velita alumbrando los dioses saben a qué cogí el estropajo y el Fairy marca Día y me puse manos a la obra. Lo malo de fregar a oscuras es que puedes dejarte alguna parte del cacharro en cuestión sin fregar. Lo bueno es que no te darás cuenta. Después de ese incansable baile de estropajazos me lancé al noble arte de la cocina estudiantil (también conocida como “Pasta, fritura y no tocar la verdura”). Puse agua a hervir, aceite a calentar y pasé los minutos pensando qué cocinar. Bueno, miento; pensando más bien en por qué cocino siempre lo mismo. Saqué el cartón de sanjacobos que tenía abierto con dos unidades en el interior y las cinco salchichas que me quedaban de otro paquete en similares condiciones mientras me planteaba cuanto durarían los tuppers de mi señora madre descongelándose en el esta noche mal llamado 'congelador'. Me hice también con lo que quedaba de una bolsa de macarrones –todo marca Día– que por entonces, a la luz de la oscuridad, parecían pocos y que luego, al cobijo de mis intestinos, resultaron excedentes.


Tarea fácil fue volcar los macarrones en el cazo pero mucho más complejo fue la aventura sartenil. Por aquel entonces no recordaba el tamaño minúscula de ésta y, echao p'alante de mí, dispuse de sendos sanjacobos y manita de salchichas y los lancé -¡que estoy mu loco!- todos a la vez a la piscina aceitosa que era aquella escultura de teflón taiwanés. Imaginen el espectáculo posterior haciendo hueco a toda esa masa graseril en unos pocos centímetros cúbicos. Después de separar un par de peleas entre salchichas y sanjacobos –las primeras, pequeñitas pero matonas, iban dominando el terreno– que intentaban ocupar el mismo lugar opté por expulsar a las salchichas de la alberca allí formada. Medida dictatorial, sí, pero que la situación requería. Espero que no se cebe en unos años la oposición política con mi equipo de gobierno por esta decisión de carácter urgente que exigía, qué sino, medidas urgentes. Con la pasta pastando y los sanjacobos sanjacobeando me puse a bailar el chiqui-chiqui me senté a esperar. Terminó primero la pasta -cosa extraña pues suele tardar más. Tendría miedo a la oscuridad y se ablandó con facilidad, qué sé yo- y la revolqué en el mismo cazo previo escurrimiento sobre un bote de tomate de cartón –marca Día o muerte– ya precipitado. Tras una serie de bailes de cucharón terminé por crear la ya especialidad de la casa y que, junto a la fritanga, completó mi menú nocturno –de digestión ligerita– que recién terminé de comer.


Fue entonces, cuando contemplaba los restos de comida que no logré acabar, el momento en el que me dispuse a filosofear sobre ésta nuestra sociedad moderna. Resulta difícil encontrar momentos de absoluta calma, sin contacto con nada ni nadie, en estos nuestros días. Estoy seguro que si hubiese electricidad por mis cables y wifi de mi inestimable Marta –te adoramos Marta– conectándome al mundo no estaría yo aquí ejerciendo el noble arte de la pulsión tecladil por el mero hecho de escribir. Por amor a la escritura. Escribir por escribir. Ya no se lleva. Y les aseguro también, a riesgo de traerme la desgracia hacia mi persona, que si los desgraciados hijos de puta de Endesa devolviesen los vatios a ésta nuestra morada yo dejaría de escribir ante la avalancha de comunicación que llegaría a mi. Me pondría a responder con guasa algunos whatsapps y sustituiría la música armoniosa de Nada Surf por las voces ya familiares de nuestros queridos vecinos de Desengaño 21. Gracias a los dioses –a los tuyos me refiero, que yo no tengo– esto no sucede. Los malnacidos mamones de Endesa siguen a lo suyo y yo a la escritura, que es lo mío. No lo digo porque se me de especialmente bien sino porque es uno de mis mayores placeres después de hablar por Whatsapp y ver Aquí no hay quién viva.


Y me lamento –ya en serio– de esta sociedad que estamos creando entre todos. Tenemos que estar continuamente comunicados. Y, lejos de sentirnos satisfechos con hacerlo con nuestros seres queridos o cercanos, queremos hacerlo con cuanta más gente mejor. Por eso no es de extrañar en nuestros días ver gente que quiere cada vez más y más seguidores en Twitter para decirles cuando se levantan, que han desayunado o de qué tamaño era el truño que se ha merendado nuestro estimable amigo Roca. Tweets de la talla de “Con @tusmuertos de shopping” o “Cagando, vuelvo en cinco minutos #TwitterOffdeJuver” son tendencia en nuestras vidas. ¿Qué demonios pretenden con eso? ¿Que le haga un retuit? ¿Un fav? ¿Una lista en la que incluya a gente que justifica el porqué el aborto debe no sólo estar permitido sino también estar subvencionado? Estamos llegando a unos extremos que parecen no tener fin. La 'sociedad de la información' la llaman. La 'sociedad GameOver-InsertCoin' la llamo yo.


Reclamo desde estas líneas, ya para acabar, un poco más de filosofía. Un poco más de literatura. Un poco más de pasión. Un poco más de vida ya que, al fin y al cabo, a eso que ustedes viven no se le puede llamar vida. Llámenle como quieran pero les ruego no le llamen vida. Respeten ese término para quienes queremos –aunque nos cueste conseguir– un poco de placer y felicidad inmaterial en estos años que nos da el universo donde, en una libertad más que relativa si no cuestionable, podamos errar una y otra vez hasta llegar a la muerte.


Ahora les dejo que, aunque me queda un 21% de batería (media horilla), tengo que ir a cagar.
Buenas noches a todos.

26 de octubre de 2012 a las 00:23 de la noche.

viernes, 17 de agosto de 2012

El sentido de la vida

Creo que he descubierto el sentido de la vida.

El sentido de la vida es la gente, la sociedad. El individuo como tal no existe sin la existencia de otros. ¿Cuánto creen que duraría alguien solo en el mundo, con la total certeza de que nadie vive para vivir su vida junto a él? ¿Cuánto creen que tardaría en meterse en una bañera con agua caliente, coger una navaja y perforar las venas de su muñeca de una forma suficientemente lenta como para sentir el placer del momento? La grandeza del ser humano reside en la capacidad que éste tiene de aferrarse a la vida en las situaciones más adversas pensando que, si sobrevive, habrá alguien esperándole. Tengan la total seguridad de que si encuentran a un hombre solitario en el desierto, defendiéndose como puede de una tormenta de arena, sin agua y sin comida y sin nada ni nadie, tratará de sobrevivir por la única razón de que está deseoso de encontrarse a ése alguien si alcanzare la paz, y que, si logra sobrevivir, será por el mero hecho de que en su mente destellaba una imagen, o unas cuantas, de quién o quienes él esperaba ver en ésa soñada paz y tranquilidad.
Pese a que nos encontramos en un mundo altamente consumista tenga por seguro que las riquezas no son nada sin nadie, o más bien, no son nada en comparación a las vidas humanas que nos hacen compañía. Nadie sería tan desdichado como para tratar de sobrevivir en un mundo vacío de iguales, aunque tuviera todas las riquezas en su poder. Y créanme que todos los que se esfuerzan por generar riquezas, aún anteponiéndolas a las personas, lo hacen porque existe una razón humana detrás. Aunque ésta razón no sea más que la de generar envidias y rencores al mundo en el que vive. 

Así pues, no olviden el sentido de la vida, no olviden que sí, tienen que anteponer sus propios intereses a los del resto, pues sino recibirán muchos desengaños; pero en el momento en el que alguien haga algo por ti, mata por él o ella aunque te vaya la vida en ello.

jueves, 26 de julio de 2012

No abandonen a Grecia


Por favor, no abandonen a Grecia. No abandonen a su gente, a los niños, a los ancianos. No abandonen a quienes buscan trabajo sin encontrarlo, a quienes lloran a escondidas y se secan las lágrimas para demostrar entereza ante los suyos. No abandonen al que lleva trabajando decenas de años y lo ha perdido todo. A quién lleva estudiando desde que tiene uso de conciencia y ahora no encuentra su lugar en el mundo. No abandonen al que sí que se levanta para trabajar; para trabajar horas y horas por un sueldo tercermundista. 

No miren para otro lado. Les han obligado a eliminar su futuro para hacerse cargo de una deuda de la que el pueblo llano poca o nada de culpa tiene. Han asumido los recortes, han asumido el final anticipado de sus vidas cuando no podían más. Los suicidios se han multiplicado y aún hay quienes tienen esperanzas. Háganlo por ellos. Les asustaron en las elecciones, les dijeron que el partido de izquierdas, por entonces uno de los favoritos, iba a abandonar el euro cuando eso era mentira. Consiguieron su objetivo y la derecha gobierna. Y pocas semanas después deciden dejarlos en mano de los dioses...de Zeus, Hestia, Hades y otros tantos entes olímpicos. No sean los verdugos de tantas y tantas personas. Piensen en el ser humano que hay detrás de las cifras. No los maten, levanten su sentencia y aparten el dedo del gatillo.

Por favor, no abandonen a Grecia.



lunes, 2 de julio de 2012

Carta de suicidio


Aquella publicidad copaba todos los carteles. Los autobuses la llevaban en sus puertas, las radios la emitían con una canción pegadiza de fondo, tiraban folletos publicitarios desde helicópteros y todas las figuras públicas salían con ella por televisión. Era el gran boom del momento. Momento que ya duraba tres años y que parecía no tener freno. Su irrefutable fama superaba a la de cualquier otra empresa o cualquier famoso. Todos eran eclipsados por Looma. Sus colores, su forma... su sabor. Looma era un nuevo refresco que en pocos meses se convirtió en una auténtica moda desbancando en el mercado al resto de productos de la misma categoría. Y en apenas un año ha pasado de ser una moda a ser una auténtica forma de vida. ¿Su secreto? Una maravillosa fórmula que combinaba diversas frutas y un nuevo tipo de droga, aquella que todos conocían ya como La droga de la felicidad, extraída de una planta de la frondosa selva amazónica. Cuando fue descubierta muchos paises iniciaron trámites para ilegalizarla pero desde que la bebida se hizo hueco en el mercado los gobiernos pararon su prohibición a riesgo de pecar de  impopulares. Y ahora todos la beben. 


Bajo los efectos de la nueva droga –de la que no se han reconocido aún efectos secundarios perjudiciales– la gente no siente dolor, sus problemas se evaden y chorrean endorfinas. La felicidad que no son capaces de conseguir con los problemas sociales o familiares que padecen la obtienen de este nuevo refresco accesible para casi todos. De esto último se encargó su inventor, el multimillonario Edgar Loom. El señor Loom empezó vendiendo un producto atractivo por sus características y con el que buscaba un mínimo margen de beneficio, lo que le permitía ofertar la bebida a un precio muy bajo. Sus competidores, pese a que al ver su rápido ascenso bajaron sus precios, no consiguieron combatir los efectos de la nueva bebida. Fue entonces cuando empezaron los juicios, los pleitos... donde la competencia denunciaba la droga que contenía y que, de forma inverosímil para ellos, seguía siendo legal. Pero cuando hubo que tomar una decisión, los consumidores ya habían dictado sentencia. Todos andaban ya enganchados al nuevo fenómeno mundial. El Looma era legal. Y a partir de entonces el consumo fue aún mayor. Los que no se habían decidido a probarlo por miedo a los efectos lo hicieron cuando ésta fue amparada por la ley; todos confiaron en la justicia. El señor Loom, lejos de volverse un loco avaricioso –como la mayoría de nuevos ricos– y subir los precios, los mantuvo igual. Todos tenían acceso a la bebida y esa era su principal baza para eliminar competidores. Ganaba muy poco por cada bebida pero era consumida por todos. En poco tiempo hizo una fortuna. El mundo era feliz.



El mundo era feliz pese a la gran tasa de paro que asolaba el país. Entre el 30 y el 60% llevaban meses sin empleo. No había datos oficiales pues el gobierno eliminó la poca transparencia de la que disfrutamos antes. Los subsidios, cada vez más bajos; el sueldo mínimo ya era ínfimo y las diferencias entre clases cada vez mayor. Sin embargo, los índices de felicidad eran los más altos que uno podía imaginar. Ya la gente no lloraba cuando su pareja le dejaba, bebían Looma. En los tanatorios se celebraban vergonzosas fiestas entre los parientes cercanos que eran capaces de encontrar una siniestra comicidad gracias a la polémica bebida. El mundo dejó de importarle al mundo. El fenómeno Looma eclipsó los ojos de los hombres como nada ni nadie había hecho antes. Desgraciadamente en el planeta, la responsabilidad para con éste dejó de existir.



Y ahora les confieso algo. Yo conocí a Edgar Loom. Estudió conmigo en la universidad. Luego me casé con mi pequeña, con mi Emma. Ésta encontró trabajo como jefa de prensa, llegó a la corporación de Edgar Loom, le conoció, se hicieron amigos y el resto se lo imaginarán cuando lean esta carta. Cuando vean mi cadáver tendido sobre la mesa y el bote de cianuro vacío. Yo soy el único que dejó de ser feliz con el invento de Loom. Yo perdí a mi pequeña, único motivo para levantarme e ir a trabajar día a día. Se acabó todo para mi. Ahora dejo este mundo vacío de sentido y de principios, un mundo que no llorará mi muerte. Ni la mía, ni la de nadie. El mundo ha dejado de derramar lágrimas, el mundo está muerto y es feliz.

miércoles, 27 de junio de 2012

La historia de Marc (Parte III)


Se dirigía con pasos lentos y firmes por el Hospital Psiquiátrico de Mayfield. Saludó con un gesto tosco al guardia de seguridad y caminó rumbo a la celda LXXII donde ya le estaría esperando. Y allí estaba, posado en su cama, rodeando sus piernas con los brazos y huyendo con la mirada de la húmeda celda que le rodeaba. Entró y, sin saludarle, se sentó a su lado, suspiró y clavó sus ojos en la pared, tomándose unos segundos antes de empezar a hablar.

—Dicen que el amor llega en un suspiro. Puedes encontrarlo en cuestión de horas, de minutos, de segundos...en apenas un instante. En un sólo momento puedes tocarlo, puedes palparlo y en las horas, los minutos, los segundos siguientes eres capaz de sentirlo como tuyo. Encontrarás como maravillosas coincidencias todas vuestras cosas en común y, como detalles sin importancia, incluso graciosos, todas esas cosas que os distancian, pero que no os alejan. Vuestras discusiones serán entre risas, silencios y miradas de complicidad. El futuro que se os presenta se tornará imprevisible y perfecto a la vez; mientras no os atrevéis a planearlo no podéis evitar soñar con lo que os depara la vida. El tiempo que no estáis charlando estáis, simplemente, deseosos de hacerlo. La felicidad cae como del cielo y os sentís los seres más afortunados del mundo. —¡Bendita la vida y benditas sus casualidades! ¡Bendito el plan que los astros me tenían preparado! ¡Cómo os lo callasteis, dichosos!— pensaréis. Y todo esto en cuestión de horas, de minutos, de segundos...de instantes.

Pero a la hora de olvidar, loados sean los dioses, es otro mundo. Para olvidar hacen falta mucho más que horas. Hacen falta días, varios; y noches, muchas. Noches de melancolía, de imágenes, de botellas vacías y vasos llenos, noches de poesía, noches de canción, noches largas. Noches en la que te esfuerzas por rememorar esas cosas que ni de lejos eran capaz de separaros pero que crees que no vas a echar de menos. Intentas odiar, odiar con todas tus ganas su sonrisa. —¡Me ponía enfermo!— te dirás, pero en el fondo de tu alma sabrás que es mentira. Se te aparece a tu lado e intentas discutir con ella, quieres que te deje, que se desvanezca, que se vaya y que no vuelva. Tu futuro ahora es gris, está vacío, no eres capaz de ver más allá de los vasos rotos que vas dejando por el suelo. Maldices al destino y a quienes os cruzó. Maldices el momento en el que la conociste, en el que llegó a tu vida. Imaginas un mundo donde ese día no estabas en ese sitio a esa hora, un mundo que, ahora sí, crees que sería más feliz.

El amor, querido Marc, no se va tan rápido, no señor. Ni días ni noches son suficientes para que se largue, se necesita algo que te cambie la vida. No hablo de un nuevo amor, pues no querrás sentir esa sensación de nuevo en mucho tiempo, pero sí un motivo para despertarte por las mañanas y no lanzar el despertador contra la pared, un motivo para soltar la botella, coger tu vida por los cuernos y decirle: “aquí, aquí estoy yo. Vida hay una y ésta es mía, y como tal, la quiero para mi”. Pero para eso se necesita mucha valentía. Hace ya quince años que creíste haberla olvidado, quince años desde que intentaste matar al amor de una puñalada. Pero el amor, querido Marc, el amor no se va tan fácilmente. No se puede matar, no se puede acuchillar, no se puede ahogar. No puedes ensañarte con él una y otra vez tal y como hiciste con ella. El amor no tiene sangre que derramar, ni tampoco tiene un corazón que puedas parar, ni ojos que cerrarle. El amor no se va cuando los gusanos arrasan con sus deshechos vacíos de vida, no señor. El amor no se va, no emigra, cuando tu quieres que eso ocurra. El amor se va, se va y no vuelve, cuando él decide irse. Y ni tú, ni tus dioses ni los astros podéis hacer nada para cambiar ésto. Hace quince años ya Marc, quince años y sigues con tu pena, con tu Lucy grabada a fuego en la mente. Quince años y aún se sigue apareciendo a tu vera; sonriente, rubia, perfecta y sin reproches que hacerte. Porque en el amor, querido Marc, no existen los reproches. Sólo existe el amor para el amor—.

En ese momento el sacerdote Wallace salió de la celda y dejó ahí a Marc sentado en su cama, mirando al suelo y sollozando.

—Aún le falta al menos quince años más— murmuró Wallace en voz baja, sin que nadie le oyera, mientras entraba en la celda contigua.