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lunes, 2 de julio de 2012

Carta de suicidio


Aquella publicidad copaba todos los carteles. Los autobuses la llevaban en sus puertas, las radios la emitían con una canción pegadiza de fondo, tiraban folletos publicitarios desde helicópteros y todas las figuras públicas salían con ella por televisión. Era el gran boom del momento. Momento que ya duraba tres años y que parecía no tener freno. Su irrefutable fama superaba a la de cualquier otra empresa o cualquier famoso. Todos eran eclipsados por Looma. Sus colores, su forma... su sabor. Looma era un nuevo refresco que en pocos meses se convirtió en una auténtica moda desbancando en el mercado al resto de productos de la misma categoría. Y en apenas un año ha pasado de ser una moda a ser una auténtica forma de vida. ¿Su secreto? Una maravillosa fórmula que combinaba diversas frutas y un nuevo tipo de droga, aquella que todos conocían ya como La droga de la felicidad, extraída de una planta de la frondosa selva amazónica. Cuando fue descubierta muchos paises iniciaron trámites para ilegalizarla pero desde que la bebida se hizo hueco en el mercado los gobiernos pararon su prohibición a riesgo de pecar de  impopulares. Y ahora todos la beben. 


Bajo los efectos de la nueva droga –de la que no se han reconocido aún efectos secundarios perjudiciales– la gente no siente dolor, sus problemas se evaden y chorrean endorfinas. La felicidad que no son capaces de conseguir con los problemas sociales o familiares que padecen la obtienen de este nuevo refresco accesible para casi todos. De esto último se encargó su inventor, el multimillonario Edgar Loom. El señor Loom empezó vendiendo un producto atractivo por sus características y con el que buscaba un mínimo margen de beneficio, lo que le permitía ofertar la bebida a un precio muy bajo. Sus competidores, pese a que al ver su rápido ascenso bajaron sus precios, no consiguieron combatir los efectos de la nueva bebida. Fue entonces cuando empezaron los juicios, los pleitos... donde la competencia denunciaba la droga que contenía y que, de forma inverosímil para ellos, seguía siendo legal. Pero cuando hubo que tomar una decisión, los consumidores ya habían dictado sentencia. Todos andaban ya enganchados al nuevo fenómeno mundial. El Looma era legal. Y a partir de entonces el consumo fue aún mayor. Los que no se habían decidido a probarlo por miedo a los efectos lo hicieron cuando ésta fue amparada por la ley; todos confiaron en la justicia. El señor Loom, lejos de volverse un loco avaricioso –como la mayoría de nuevos ricos– y subir los precios, los mantuvo igual. Todos tenían acceso a la bebida y esa era su principal baza para eliminar competidores. Ganaba muy poco por cada bebida pero era consumida por todos. En poco tiempo hizo una fortuna. El mundo era feliz.



El mundo era feliz pese a la gran tasa de paro que asolaba el país. Entre el 30 y el 60% llevaban meses sin empleo. No había datos oficiales pues el gobierno eliminó la poca transparencia de la que disfrutamos antes. Los subsidios, cada vez más bajos; el sueldo mínimo ya era ínfimo y las diferencias entre clases cada vez mayor. Sin embargo, los índices de felicidad eran los más altos que uno podía imaginar. Ya la gente no lloraba cuando su pareja le dejaba, bebían Looma. En los tanatorios se celebraban vergonzosas fiestas entre los parientes cercanos que eran capaces de encontrar una siniestra comicidad gracias a la polémica bebida. El mundo dejó de importarle al mundo. El fenómeno Looma eclipsó los ojos de los hombres como nada ni nadie había hecho antes. Desgraciadamente en el planeta, la responsabilidad para con éste dejó de existir.



Y ahora les confieso algo. Yo conocí a Edgar Loom. Estudió conmigo en la universidad. Luego me casé con mi pequeña, con mi Emma. Ésta encontró trabajo como jefa de prensa, llegó a la corporación de Edgar Loom, le conoció, se hicieron amigos y el resto se lo imaginarán cuando lean esta carta. Cuando vean mi cadáver tendido sobre la mesa y el bote de cianuro vacío. Yo soy el único que dejó de ser feliz con el invento de Loom. Yo perdí a mi pequeña, único motivo para levantarme e ir a trabajar día a día. Se acabó todo para mi. Ahora dejo este mundo vacío de sentido y de principios, un mundo que no llorará mi muerte. Ni la mía, ni la de nadie. El mundo ha dejado de derramar lágrimas, el mundo está muerto y es feliz.

miércoles, 27 de junio de 2012

La historia de Marc (Parte III)


Se dirigía con pasos lentos y firmes por el Hospital Psiquiátrico de Mayfield. Saludó con un gesto tosco al guardia de seguridad y caminó rumbo a la celda LXXII donde ya le estaría esperando. Y allí estaba, posado en su cama, rodeando sus piernas con los brazos y huyendo con la mirada de la húmeda celda que le rodeaba. Entró y, sin saludarle, se sentó a su lado, suspiró y clavó sus ojos en la pared, tomándose unos segundos antes de empezar a hablar.

—Dicen que el amor llega en un suspiro. Puedes encontrarlo en cuestión de horas, de minutos, de segundos...en apenas un instante. En un sólo momento puedes tocarlo, puedes palparlo y en las horas, los minutos, los segundos siguientes eres capaz de sentirlo como tuyo. Encontrarás como maravillosas coincidencias todas vuestras cosas en común y, como detalles sin importancia, incluso graciosos, todas esas cosas que os distancian, pero que no os alejan. Vuestras discusiones serán entre risas, silencios y miradas de complicidad. El futuro que se os presenta se tornará imprevisible y perfecto a la vez; mientras no os atrevéis a planearlo no podéis evitar soñar con lo que os depara la vida. El tiempo que no estáis charlando estáis, simplemente, deseosos de hacerlo. La felicidad cae como del cielo y os sentís los seres más afortunados del mundo. —¡Bendita la vida y benditas sus casualidades! ¡Bendito el plan que los astros me tenían preparado! ¡Cómo os lo callasteis, dichosos!— pensaréis. Y todo esto en cuestión de horas, de minutos, de segundos...de instantes.

Pero a la hora de olvidar, loados sean los dioses, es otro mundo. Para olvidar hacen falta mucho más que horas. Hacen falta días, varios; y noches, muchas. Noches de melancolía, de imágenes, de botellas vacías y vasos llenos, noches de poesía, noches de canción, noches largas. Noches en la que te esfuerzas por rememorar esas cosas que ni de lejos eran capaz de separaros pero que crees que no vas a echar de menos. Intentas odiar, odiar con todas tus ganas su sonrisa. —¡Me ponía enfermo!— te dirás, pero en el fondo de tu alma sabrás que es mentira. Se te aparece a tu lado e intentas discutir con ella, quieres que te deje, que se desvanezca, que se vaya y que no vuelva. Tu futuro ahora es gris, está vacío, no eres capaz de ver más allá de los vasos rotos que vas dejando por el suelo. Maldices al destino y a quienes os cruzó. Maldices el momento en el que la conociste, en el que llegó a tu vida. Imaginas un mundo donde ese día no estabas en ese sitio a esa hora, un mundo que, ahora sí, crees que sería más feliz.

El amor, querido Marc, no se va tan rápido, no señor. Ni días ni noches son suficientes para que se largue, se necesita algo que te cambie la vida. No hablo de un nuevo amor, pues no querrás sentir esa sensación de nuevo en mucho tiempo, pero sí un motivo para despertarte por las mañanas y no lanzar el despertador contra la pared, un motivo para soltar la botella, coger tu vida por los cuernos y decirle: “aquí, aquí estoy yo. Vida hay una y ésta es mía, y como tal, la quiero para mi”. Pero para eso se necesita mucha valentía. Hace ya quince años que creíste haberla olvidado, quince años desde que intentaste matar al amor de una puñalada. Pero el amor, querido Marc, el amor no se va tan fácilmente. No se puede matar, no se puede acuchillar, no se puede ahogar. No puedes ensañarte con él una y otra vez tal y como hiciste con ella. El amor no tiene sangre que derramar, ni tampoco tiene un corazón que puedas parar, ni ojos que cerrarle. El amor no se va cuando los gusanos arrasan con sus deshechos vacíos de vida, no señor. El amor no se va, no emigra, cuando tu quieres que eso ocurra. El amor se va, se va y no vuelve, cuando él decide irse. Y ni tú, ni tus dioses ni los astros podéis hacer nada para cambiar ésto. Hace quince años ya Marc, quince años y sigues con tu pena, con tu Lucy grabada a fuego en la mente. Quince años y aún se sigue apareciendo a tu vera; sonriente, rubia, perfecta y sin reproches que hacerte. Porque en el amor, querido Marc, no existen los reproches. Sólo existe el amor para el amor—.

En ese momento el sacerdote Wallace salió de la celda y dejó ahí a Marc sentado en su cama, mirando al suelo y sollozando.

—Aún le falta al menos quince años más— murmuró Wallace en voz baja, sin que nadie le oyera, mientras entraba en la celda contigua.

domingo, 26 de febrero de 2012

La historia de Marc (Parte II)

Marc estaba cansado de todo. Se secó con una toalla que su madre robó del balneario, se vistió y salió del baño. Sus padres seguían discutiendo. Sin inmutarse, fue hacia el teléfono y marcó el número de su tío, ese que no iba a ir a recogerlo. Cuando esté descolgó el aparato, sin tan siquiera saludar le espetó: —Hijo de puta—. Acto seguido colgó. Marc estaba muy cansado. Sus padres le miraron con asombro, y tras un silencio de unos pocos segundos siguieron a lo suyo. —¿Ves? ¡Así has educado a tu hijo!—gritaba su madre. —¿Ahora es mi hijo no?—respondía su padre con cara de frustración. Marc los ignoró y siguió a lo suyo, estaba realmente cansado.

Cogió las llaves y salió por la puerta. En su manojo llevaba una banderita de Cuba que robó a su padre de una botella, una navajita multiusos y, además de las de su casa, la llave del candado de su bici. Tomó esta última y cogió una Mountain Bike bastante vieja, aún servible. Pedaleó y pedaleó, no sentía fatiga, ya estaba suficientemente cansado. Se dirigió dos manzanas al oeste. Le encantaba ese camino porque era el que dirigía a casa de Luci, su niña de bucles de oro, además de que era cuesta abajo. Siguió pedaleando, cruzó la avenida Vermont hacia el sur y una moto le pasó rozando. —Hijo de puta—pensó Marc. Y es que estaba demasiado cansado de todo. Cuando llegó al número 24 de la calle John Milton se bajó de la bici, la dejó junto al buzón. Decidió no perder tiempo colocando el candado, era un barrio muy tranquilo. Llamó a la puerta. Oyó unos pasos y abrió su querida Luci. Ahí estaba, deslumbrante, con una sonrisa perfecta, un pelo que caía en forma de cascada y esa piel tan blanca que parecía de porcelana. Tan pronto como ella saludaba como de constumbre –con una agradable sonrisa no falta de sorpresa por su inesperada visita–, Marc sacó su navaja suiza, desenfundó la hoja más alargada y comenzó a apuñalarla.

Al principio ésta se resistió, pero tan pronto como la sangre fue brotando de su cuello sus fuerzas fueron mermando. Marc recordaba en ese instante el momento en el que la vio con otro. Un tipo un año mayor que ella, no especialmente guapo ni especialmente inteligente, un tipo del montón. —No es lo suficientemente bueno para ella— pensó en aquel momento. Ahora Marc solo era capaz de imaginar, con una tímida sonrisa, la cara de éste cuando se enterase de la muerte de Luci. La sangre fue cubriendo su blanca piel de porcelana. Luego le vinieron imágenes de cuando la ayudó con un examen de ciencias. Ella le dio las gracias, le besó en la mejilla. En aquel momento Marc se quedó petrificado, flotando, nada ni nadie podía eliminar ese estado de felicidad, tan simple y tan puro. Pero éste se desvaneció cuando Óscar –así se llamaba el novio de Luci– apareció por sorpresa en la puerta del colegio con su Mountain Bike 2000, la envidia de todo el barrio. En ese momento su felicidad se desvaneció, y mientras seguía apuñalando a Luci, un atisbo de esta felicidad tan placentera volvía a asomarse por su corazón, como una sanguinolenta calidez que manaba de su alma. Ésto era lo que necesitaba. La sangre comenzó a empapar el pelo ya desordenado de Luci que –ya en el suelo– yacía fría e inconsciente. Nuevos pensamientos más felices brotaban de la cabeza de Marc, y éstos habrían continuado si no fuese por una voz que en forma de estruendo irrumpía en la paz y calma que él había creado. La madre de Luci gritaba pálida ante la escena que contemplaba. —44 puñaladas son suficientes— pensó Marc, quién extrañamente fue capaz de contar cuantas de éstas le asestaba mientras recordaba tiempos que ni peores ni mejores, fueron pasados. Se dio la vuelta, pisando la mano de Luci –un cadáver ya inerte– y se dirigió hacia su bici, que si bien no era tan moderna, le serviría igual para huir de allí.

Comenzó a pedalear de vuelta a casa, no sin antes parar en una heladería para comprar lo que el ya conocía como el especial de Marc: Un helado de tres bolas –chocolate, fresa y menta– con trocitos también de chocolate incrustados, con nata montada en la parte superior y caramelo líquido cayendo sobre él. La heladería estaba abarrotada, así que se fue sin pagar con facilidad. —Un día de lujo— pensó. Continuó pedaleando de camino a casa con el helado en una mano y conduciendo con la otra con gran habilidad. Mientras iba acercándose a su calle un coche de policía con las sirenas puestas se cruzó con él. Marc continuó hacia casa sin inmutarse, ya no estaba tan cansado. La felicidad volvió a su vida.

sábado, 25 de febrero de 2012

La historia de Marc (Parte I)

Marc abrió el grifo de la ducha. El agua le caía sobre la cabeza. Al principio estaba fría, aún no se había calentado. Pero le daba igual, estaba en la gloria. El sonido que provocaba le hacía viajar a mundos idílicos, a lugares paradisíacos con cascadas de agua cristalina y rayos de sol inundando el cielo.

El agua comenzaba a calentarse y en pocos segundos salía vapor por la ducha. Mientras se enjabonaba comenzó a pensar en Luci, aquella rubia con el pelo largo y tirabuzones que caían colgando sobre sus hombros, rememorando a la más bella doncella de cuentos de hadas. Esbozó una sonrisa. Luci era una compañera de clase. Se sentaba dos lugares más atrás y era preciosa. Era también muy inteligente, divertida y tímida a ratos, siempre sencilla y con su blanca piel parecía una muñeca de porcelana. Luci era... Luci era perfecta. Y no era suya, pero a él le daba igual. Se conformaba con verla cada día, recibir sus buenos días y admirar su figura.

El agua caliente comenzaba a enrojecerle los pies, pero no importaba. Comenzó a pensar en el helado que se acababa de comer. A Marc le gustaban los helados de tres bolas, una de chocolate, una de fresa y otra de menta, también con trocitos de chocolate incrustados. Por encima le echaba nata montada, dispuesta en forma circular acabando en una espiral, como había visto en un anuncio de la tele. A continuación, vertía caramelo líquido que iba deformando a su paso la perfecta figura formada por la nata montada. Por último, espolvoreaba pequeñas virutas de chocolate por sobre la copa, de esas de colores que tanto le gustaban. El helado estaba buenísimo, y con aquel calor de comienzos de julio, sentaba de maravilla.

El agua caliente le provocó un cosquilleo en las piernas, pero no le importaba. Recordó que su tío iba a recogerlo en dos días para ir a su casa de campo. Allí corría detrás de los conejos, jugaba con el perro de su primo –Blanquito– y comía los increíblemente sabrosos cocidos de su tía Margaret. Tenía ganas de ir.

Cuando terminó de enjuagarse cerró el grifo; los sonidos idílicos desaparecieron, Luci le abandonó con sus tirabuzones, el sabor del helado se tornó amargo y los dos días que quedaban para que su tío lo recogiera le parecieron eternos. La sonrisa se esfumó. Al apagar el grifo escuchó lo que ocurría fuera del baño: Sus padres discutían a voces, tenían problemas económicos pues su padre había perdido su empleo como transportista en unos grandes almacenes y ahora no paraban de gritarse. Toda esa felicidad que parecía eterna desapareció. Puto dinero.