¡Huelga indefinida!
Paremos la produccion
Saquemos la guillotina
¡Huelga salvaje!
que aquí el patrón
sólo entiende un lenguaje
¡Huelga de consumo!
somos el noventa y nueve
y vamos a por el uno
lunes, 26 de marzo de 2012
martes, 20 de marzo de 2012
El 4 de diciembre andaluz
Era un 4 de diciembre
cuando tomamos la calle.
Era un 4 de diciembre
cuando dijimos que verde y blanca era nuestra sangre
[...]
El 4 de diciembre de 1977 Andalucía despertó. Despertó tras años y años de estar sometida. Despertó tras tantos y tantos abusos. Despertó... Para no volver a hacerlo más.
Tal día de 1977 el pueblo andaluz salió a la calle. Después de 40 años de dictadura, Andalucía veía muy cerca su libertad. Además, protestan contra el paro, piden trabajo, reniegan de las evasiones de capital andaluz hacia otras regiones, de los abusos de los municipios. Piden libertad.
Ese día casi dos millones de andaluces toman las calles de las 8 provincias: Quinientos mil manifestantes en Sevilla, alrededor de ciento cincuenta mil en Málaga, cien mil en Granada, ochenta mil en Huelva y en Córdoba, setenta mil en Cádiz, setenta mil en Jaén, diez mil en Almería, Ronda, Campo de Gibraltar y en Antequera y más de un cuarto de millón en Barcelona, emigrantes de la novena provincia.
En Barcelona también salieron
a las calles
Con la bandera blanca y verde de Blas Infante a cuestas, los andaluces salen a la calle y luchan por la autonomía de Andalucía según el artículo 151*. Casi dos millones de andaluces...que no están solos. En el otro lado, una contraofensiva de fascistas con la presencia de banderas españolas (alguna con cierta ave en el centro) obviando la blanquiverde.
¿Dónde está la bandera andaluza?
En Málaga, por otro lado, el ambiente estaba caldeado pues el presidente de la Diputación se negó a acatar lo aceptado en el pleno: Que ondee una bandera andaluza. Pero cuando la manifestación pasó por la Diputación, un joven escaló la fachada hasta el balcón y colgó una blanquiverde. La policía cargó con botes de humos, palos, balas de goma...Y de las otras. Inexplicablemente, la policía comenzó a disparar y una de las balas alcanzó a un malagueño, José Manuel García Caparrós, por la espalda.
José Manuel García Caparrós, asesinado por la
policía en las jornadas del 4 de diciembre.
Junto al lugar del trágico acontecimiento se formó un altar improvisado destruido pocos días después.
Altar dedicado a Caparrós.
Los partidos estatales cedieron (PSOE fue el último en abandonar el pacto por el que las regiones no consideradas históricas debían ir por la vía del artículo 143* Al final, UCD fue el único partido importante que se situó en contra).
El siguiente video es muy interesante, pues es de los únicos documentos históricos con imágenes en video que poseen incluso un audio de buena calidad.
Los andaluces cumplieron su objetivo pese a que la policía manchó con sangre el ya conocido día de Andalucía.
* El artículo 151 permitía que todas las Comunidades autónomas que se acogieran a este artículo asumieran todas las responsabilidades autonómicas, evitando una centralización del Estado. Se acogieron a él, por tanto, las denominadas comunidades históricas (Cataluña, Pais Vasco y Galicia). Andalucía lo consiguió por medio de estas manifestaciones. El resto de comunidades se acogieron a la vía del artículo 143, que tenía una descentralización más progresiva. Caso aparte el de Navarra, que puede considerarse que lo hizo por el artículo 151, pero de una forma especial.
lunes, 19 de marzo de 2012
Oda al pueblo árabe
A libios, egipcios, sirios... A todos.
Oda al pueblo árabe
Aquella liviana inmolación
Aquel ajetreo en la gran plaza
Aquellos deseos de evasión
Aquella sorprendente nueva baza
Esa venida esperanza
Ese jazmín que pasea
Esas moras de raza
Ese árabe que pelea
Un dictador que mata
Un ruido que no cesa
Un pueblo con sus lazos
Un puño que se alza
Una herida no pesa
Una noche de cantos...
...de esperanza.
Oda al pueblo árabe
Aquella liviana inmolación
Aquel ajetreo en la gran plaza
Aquellos deseos de evasión
Aquella sorprendente nueva baza
Esa venida esperanza
Ese jazmín que pasea
Esas moras de raza
Ese árabe que pelea
Un dictador que mata
Un ruido que no cesa
Un pueblo con sus lazos
Un puño que se alza
Una herida no pesa
Una noche de cantos...
...de esperanza.
lunes, 12 de marzo de 2012
Black Power en el 68
En la mañana del 16 de octubre del 68, Tommie Smith
y John Carlos levantaron sus puños por el pueblo negro
Corría el año 1968, JJOO de Méjico, final de los 200 metros de atletismo. Los américanos negros Tommie Smith y John Carlos consiguieron el oro y el bronce respectivamente. Quisieron llamar la atención de la sociedad por la discriminación racial. Por ello, ambos vestían guantes negros. Al sonar el himno, cerraron los ojos, agacharon la cabeza y levantaron el puño.
El puño negro representaba la pobreza de su pueblo. En lugar de levantar ambos el puño derecho, John Carlos levantó el izquierdo. Esto sucedió porque este olvidó sus guantes en la Villa Olímpica, y Peter Norman, el australiano que quedó en segunda posición, le sugirió a Tommie Smith que le prestara el izquierdo a John Carlos. Smith llevaba también un pañuelo negro para nepresentar el orgullo del pueblo negro. Carlos tenía su chandal abiero en apoyo a todos los obreros americanos, y portaba un collar de abalorios para, según él, "las personas que fueron linchados, o asesinados, y nadie ha hecho una oración por ellos, que fueron ahorcados y para los que fueron arrojados al agua en mitad del pasaje". Los tres (incluido Norman, que se solidarizó con la causa) portaban una insignia del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos. Posteriormente Smith dijo: "Si gano, soy americano, no afroamericano. Pero si hago algo malo, entonces se dice que soy un negro. Somos negros y estamos orgullosos de serlo. La América negra entenderá lo que hicimos esta noche".
Smith y Carlos fueron considerados personas non gratas en su país en los años posteriores. Fueron expulsados de los Juegos Olímpicos, y tanto ellos como sus familiares, amenazados de muerte.
Por otro lado Norman fue también reprendido por las autoridades olímpicas de su país, y marginados por los medios de comunicación. No lo llevaron a los siguientes JJOO de 1972. Luego, sufrió gangrena y fue amputado de su pierna derecha. Después de esto entró en una profunda depresión y cayó presa del alcohol.
martes, 28 de febrero de 2012
¿Feliz día de Andalucía?
28 de febrero, día de Andalucía. La Andalucía de más de un millón de parados. La Andalucía de las bodas nobles, de hijas predilectas que avergüenzan hasta al último jornalero. La Andalucía de los tópicos del baile, del flamenco, del carnaval. Tópicos que son cultura hasta que se usan como arma ante la propia Andalucía. La Andalucía del otro tópico, el de la vaguez, el de la siesta, el de vivir del paro y del cuento, de las subvenciones y el PER. Tópicos que no nos hacen bien. La Andalucía que se presenta como escenario de las próximas elecciones, del próximo circo electoral PP-PSOE que teñirá, si no hay vuelco de por medio, a todo el país del azul-gaviota que frecuenta Españistán.
¿Es esta nuestra Andalucía? ¿Esta es la Andalucía que nos dejó el cuerpo inerte de Caparrós? ¿La Andalucía que han cultivado con su sudor y lágrimas nuestros TRABAJADORES con sus azadas, sus guadañas y rastrillos? ¿La Andalucía que convivió con tartessos, romanos, bárbaros, musulmanes, cristianos y ateos? ¿La Andalucía de García Lorca, de los Machado, Séneca, Alberti, Sabina y demás?
Pues no, esta no es nuestra Andalucía, no es mi Andalucía. Esta Andalucía vitorea a la nobleza, se calla ante la corrupción y permanece helada ante los hachazos que otros le asestan. La mancillada Andalucía que hoy padecemos agacha la cabeza y asiente como un borrego más. Esta Andalucía da vergüenza. Apenas a un mes de sus elecciones autonómicas las encuestas nos dicen que el pueblo andaluz sucumbe ante quienes tienen la corrupción como tarea diaria y el recorte al trabajador, al jornalero, como doctrina. Andalucía, los andaluces, tienen mucho mucho que cambiar. No pueden agachar la cabeza, o seguirán siendo golpeados; no pueden cerrar los ojos pues seguirán siendo atracados. Los andaluces, Andalucía, deben despertar, dar un golpe encima de la mesa y decirle al mundo que su pueblo está ahí, que ni olvida ni perdona, que no se callará ante las injusticias que le rodea y que la empobrecen.
Y hasta entonces en Andalucía crecerá el paro, será objeto de burlas y no tendrá más cultura que la que otros le imponen. Y Sabina seguirá dando sus conciertos por sudamérica.
¿Es esta nuestra Andalucía? ¿Esta es la Andalucía que nos dejó el cuerpo inerte de Caparrós? ¿La Andalucía que han cultivado con su sudor y lágrimas nuestros TRABAJADORES con sus azadas, sus guadañas y rastrillos? ¿La Andalucía que convivió con tartessos, romanos, bárbaros, musulmanes, cristianos y ateos? ¿La Andalucía de García Lorca, de los Machado, Séneca, Alberti, Sabina y demás?
Pues no, esta no es nuestra Andalucía, no es mi Andalucía. Esta Andalucía vitorea a la nobleza, se calla ante la corrupción y permanece helada ante los hachazos que otros le asestan. La mancillada Andalucía que hoy padecemos agacha la cabeza y asiente como un borrego más. Esta Andalucía da vergüenza. Apenas a un mes de sus elecciones autonómicas las encuestas nos dicen que el pueblo andaluz sucumbe ante quienes tienen la corrupción como tarea diaria y el recorte al trabajador, al jornalero, como doctrina. Andalucía, los andaluces, tienen mucho mucho que cambiar. No pueden agachar la cabeza, o seguirán siendo golpeados; no pueden cerrar los ojos pues seguirán siendo atracados. Los andaluces, Andalucía, deben despertar, dar un golpe encima de la mesa y decirle al mundo que su pueblo está ahí, que ni olvida ni perdona, que no se callará ante las injusticias que le rodea y que la empobrecen.
Y hasta entonces en Andalucía crecerá el paro, será objeto de burlas y no tendrá más cultura que la que otros le imponen. Y Sabina seguirá dando sus conciertos por sudamérica.
lunes, 27 de febrero de 2012
El anónimo que frenó un ejército
Un héroe es un héroe cuando, sin mayor afán que su libertad y, sin mayor arma que sus manos, se enfrenta sin temor al enemigo, se sitúa frente a él, y sin titubear siquiera, le grita al oido, por su pueblo, la palabra libertad.
Sobre la identidad de éste joven poco o nada se conoce. La revista estadounidense Time dijo que su nombre era Wang Weilin, de 19 años, pero no es una información ni mucho menos contrastada. Tampoco se sabe a ciencia cierta que fue de él.
Pero se llame como se llame, siempre lo tendremos en la memoria como un valiente que se enfrentó a toda consecuencia por su libertad.
El anónimo que frenó a un ejército.
En el año 1989 en China ocurrió una de las protestas más sonadas del siglo XX. Miles de estudiantes y obreros salieron a la calle para pedir libertad de expresión y acabar con la represión y la corrupción.
Todo comenzó un 15 de abril, día a partir del cual los estudiantes iban a salir de forma continuada a la calle por sus reivindicaciones. Estas protestas se intensificaron a partir del 4 de mayo, donde 100.000 estudiantes y obreros salieron a la calle. El gobierno chino, lejos de tener en cuenta estas reivindicaciones, pidieron hablar con las organizaciones oficiales de los estudiantes. Organizaciones que obviamente estaban controladas por el gobierno. Los estudiantes chinos comenzaron otra forma de protesta: Las huelgas de hambre. La situación de conflictividad fue creciendo hasta que a finales del mes de mayo el gobierno chino decidió mandar tanques y soldados para despejar la Plaza de Tian'anmen, que fue totalmente despejada el día 4 de junio, donde los manifestantes decidieron salir voluntariamente. Los días posteriores dieron paso a conflictos en las calles colindantes. Lo sucedido allí fue una auténtica matanza de estudiantes. Muchos periodistas internacionales realizaron una intensiva cobertura de los hechos, pero el gobierno chino trató de ocultarlo lo mejor posible. Sin en cambio, no pudieron ocultar la fotografía que hemos colocado al comienzo de la entrada, ni tampoco el siguiente video. En estas imágenes, un joven chino se coloca delante de una fila de tanques para impedir su paso. Tras pasar un tiempo ahí, el tanque que iba primero en la fila intenta pasar por su lado, pero el valiente estudiante le vuelve a impedir el paso. Tras una conversación entre ambos, unos manifestantes (se sospecha que fuesen militares de paisano) se acercan y lo alejan del tanque para que este pueda continuar.
Sobre la identidad de éste joven poco o nada se conoce. La revista estadounidense Time dijo que su nombre era Wang Weilin, de 19 años, pero no es una información ni mucho menos contrastada. Tampoco se sabe a ciencia cierta que fue de él.
Pero se llame como se llame, siempre lo tendremos en la memoria como un valiente que se enfrentó a toda consecuencia por su libertad.
domingo, 26 de febrero de 2012
La historia de Marc (Parte II)
Marc estaba cansado de todo. Se secó con una toalla que su madre robó del balneario, se vistió y salió del baño. Sus padres seguían discutiendo. Sin inmutarse, fue hacia el teléfono y marcó el número de su tío, ese que no iba a ir a recogerlo. Cuando esté descolgó el aparato, sin tan siquiera saludar le espetó: —Hijo de puta—. Acto seguido colgó. Marc estaba muy cansado. Sus padres le miraron con asombro, y tras un silencio de unos pocos segundos siguieron a lo suyo. —¿Ves? ¡Así has educado a tu hijo!—gritaba su madre. —¿Ahora es mi hijo no?—respondía su padre con cara de frustración. Marc los ignoró y siguió a lo suyo, estaba realmente cansado.
Cogió las llaves y salió por la puerta. En su manojo llevaba una banderita de Cuba que robó a su padre de una botella, una navajita multiusos y, además de las de su casa, la llave del candado de su bici. Tomó esta última y cogió una Mountain Bike bastante vieja, aún servible. Pedaleó y pedaleó, no sentía fatiga, ya estaba suficientemente cansado. Se dirigió dos manzanas al oeste. Le encantaba ese camino porque era el que dirigía a casa de Luci, su niña de bucles de oro, además de que era cuesta abajo. Siguió pedaleando, cruzó la avenida Vermont hacia el sur y una moto le pasó rozando. —Hijo de puta—pensó Marc. Y es que estaba demasiado cansado de todo. Cuando llegó al número 24 de la calle John Milton se bajó de la bici, la dejó junto al buzón. Decidió no perder tiempo colocando el candado, era un barrio muy tranquilo. Llamó a la puerta. Oyó unos pasos y abrió su querida Luci. Ahí estaba, deslumbrante, con una sonrisa perfecta, un pelo que caía en forma de cascada y esa piel tan blanca que parecía de porcelana. Tan pronto como ella saludaba como de constumbre –con una agradable sonrisa no falta de sorpresa por su inesperada visita–, Marc sacó su navaja suiza, desenfundó la hoja más alargada y comenzó a apuñalarla.
Al principio ésta se resistió, pero tan pronto como la sangre fue brotando de su cuello sus fuerzas fueron mermando. Marc recordaba en ese instante el momento en el que la vio con otro. Un tipo un año mayor que ella, no especialmente guapo ni especialmente inteligente, un tipo del montón. —No es lo suficientemente bueno para ella— pensó en aquel momento. Ahora Marc solo era capaz de imaginar, con una tímida sonrisa, la cara de éste cuando se enterase de la muerte de Luci. La sangre fue cubriendo su blanca piel de porcelana. Luego le vinieron imágenes de cuando la ayudó con un examen de ciencias. Ella le dio las gracias, le besó en la mejilla. En aquel momento Marc se quedó petrificado, flotando, nada ni nadie podía eliminar ese estado de felicidad, tan simple y tan puro. Pero éste se desvaneció cuando Óscar –así se llamaba el novio de Luci– apareció por sorpresa en la puerta del colegio con su Mountain Bike 2000, la envidia de todo el barrio. En ese momento su felicidad se desvaneció, y mientras seguía apuñalando a Luci, un atisbo de esta felicidad tan placentera volvía a asomarse por su corazón, como una sanguinolenta calidez que manaba de su alma. Ésto era lo que necesitaba. La sangre comenzó a empapar el pelo ya desordenado de Luci que –ya en el suelo– yacía fría e inconsciente. Nuevos pensamientos más felices brotaban de la cabeza de Marc, y éstos habrían continuado si no fuese por una voz que en forma de estruendo irrumpía en la paz y calma que él había creado. La madre de Luci gritaba pálida ante la escena que contemplaba. —44 puñaladas son suficientes— pensó Marc, quién extrañamente fue capaz de contar cuantas de éstas le asestaba mientras recordaba tiempos que ni peores ni mejores, fueron pasados. Se dio la vuelta, pisando la mano de Luci –un cadáver ya inerte– y se dirigió hacia su bici, que si bien no era tan moderna, le serviría igual para huir de allí.
Comenzó a pedalear de vuelta a casa, no sin antes parar en una heladería para comprar lo que el ya conocía como el especial de Marc: Un helado de tres bolas –chocolate, fresa y menta– con trocitos también de chocolate incrustados, con nata montada en la parte superior y caramelo líquido cayendo sobre él. La heladería estaba abarrotada, así que se fue sin pagar con facilidad. —Un día de lujo— pensó. Continuó pedaleando de camino a casa con el helado en una mano y conduciendo con la otra con gran habilidad. Mientras iba acercándose a su calle un coche de policía con las sirenas puestas se cruzó con él. Marc continuó hacia casa sin inmutarse, ya no estaba tan cansado. La felicidad volvió a su vida.
Cogió las llaves y salió por la puerta. En su manojo llevaba una banderita de Cuba que robó a su padre de una botella, una navajita multiusos y, además de las de su casa, la llave del candado de su bici. Tomó esta última y cogió una Mountain Bike bastante vieja, aún servible. Pedaleó y pedaleó, no sentía fatiga, ya estaba suficientemente cansado. Se dirigió dos manzanas al oeste. Le encantaba ese camino porque era el que dirigía a casa de Luci, su niña de bucles de oro, además de que era cuesta abajo. Siguió pedaleando, cruzó la avenida Vermont hacia el sur y una moto le pasó rozando. —Hijo de puta—pensó Marc. Y es que estaba demasiado cansado de todo. Cuando llegó al número 24 de la calle John Milton se bajó de la bici, la dejó junto al buzón. Decidió no perder tiempo colocando el candado, era un barrio muy tranquilo. Llamó a la puerta. Oyó unos pasos y abrió su querida Luci. Ahí estaba, deslumbrante, con una sonrisa perfecta, un pelo que caía en forma de cascada y esa piel tan blanca que parecía de porcelana. Tan pronto como ella saludaba como de constumbre –con una agradable sonrisa no falta de sorpresa por su inesperada visita–, Marc sacó su navaja suiza, desenfundó la hoja más alargada y comenzó a apuñalarla.
Al principio ésta se resistió, pero tan pronto como la sangre fue brotando de su cuello sus fuerzas fueron mermando. Marc recordaba en ese instante el momento en el que la vio con otro. Un tipo un año mayor que ella, no especialmente guapo ni especialmente inteligente, un tipo del montón. —No es lo suficientemente bueno para ella— pensó en aquel momento. Ahora Marc solo era capaz de imaginar, con una tímida sonrisa, la cara de éste cuando se enterase de la muerte de Luci. La sangre fue cubriendo su blanca piel de porcelana. Luego le vinieron imágenes de cuando la ayudó con un examen de ciencias. Ella le dio las gracias, le besó en la mejilla. En aquel momento Marc se quedó petrificado, flotando, nada ni nadie podía eliminar ese estado de felicidad, tan simple y tan puro. Pero éste se desvaneció cuando Óscar –así se llamaba el novio de Luci– apareció por sorpresa en la puerta del colegio con su Mountain Bike 2000, la envidia de todo el barrio. En ese momento su felicidad se desvaneció, y mientras seguía apuñalando a Luci, un atisbo de esta felicidad tan placentera volvía a asomarse por su corazón, como una sanguinolenta calidez que manaba de su alma. Ésto era lo que necesitaba. La sangre comenzó a empapar el pelo ya desordenado de Luci que –ya en el suelo– yacía fría e inconsciente. Nuevos pensamientos más felices brotaban de la cabeza de Marc, y éstos habrían continuado si no fuese por una voz que en forma de estruendo irrumpía en la paz y calma que él había creado. La madre de Luci gritaba pálida ante la escena que contemplaba. —44 puñaladas son suficientes— pensó Marc, quién extrañamente fue capaz de contar cuantas de éstas le asestaba mientras recordaba tiempos que ni peores ni mejores, fueron pasados. Se dio la vuelta, pisando la mano de Luci –un cadáver ya inerte– y se dirigió hacia su bici, que si bien no era tan moderna, le serviría igual para huir de allí.
Comenzó a pedalear de vuelta a casa, no sin antes parar en una heladería para comprar lo que el ya conocía como el especial de Marc: Un helado de tres bolas –chocolate, fresa y menta– con trocitos también de chocolate incrustados, con nata montada en la parte superior y caramelo líquido cayendo sobre él. La heladería estaba abarrotada, así que se fue sin pagar con facilidad. —Un día de lujo— pensó. Continuó pedaleando de camino a casa con el helado en una mano y conduciendo con la otra con gran habilidad. Mientras iba acercándose a su calle un coche de policía con las sirenas puestas se cruzó con él. Marc continuó hacia casa sin inmutarse, ya no estaba tan cansado. La felicidad volvió a su vida.
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