viernes, 17 de agosto de 2012

El sentido de la vida

Creo que he descubierto el sentido de la vida.

El sentido de la vida es la gente, la sociedad. El individuo como tal no existe sin la existencia de otros. ¿Cuánto creen que duraría alguien solo en el mundo, con la total certeza de que nadie vive para vivir su vida junto a él? ¿Cuánto creen que tardaría en meterse en una bañera con agua caliente, coger una navaja y perforar las venas de su muñeca de una forma suficientemente lenta como para sentir el placer del momento? La grandeza del ser humano reside en la capacidad que éste tiene de aferrarse a la vida en las situaciones más adversas pensando que, si sobrevive, habrá alguien esperándole. Tengan la total seguridad de que si encuentran a un hombre solitario en el desierto, defendiéndose como puede de una tormenta de arena, sin agua y sin comida y sin nada ni nadie, tratará de sobrevivir por la única razón de que está deseoso de encontrarse a ése alguien si alcanzare la paz, y que, si logra sobrevivir, será por el mero hecho de que en su mente destellaba una imagen, o unas cuantas, de quién o quienes él esperaba ver en ésa soñada paz y tranquilidad.
Pese a que nos encontramos en un mundo altamente consumista tenga por seguro que las riquezas no son nada sin nadie, o más bien, no son nada en comparación a las vidas humanas que nos hacen compañía. Nadie sería tan desdichado como para tratar de sobrevivir en un mundo vacío de iguales, aunque tuviera todas las riquezas en su poder. Y créanme que todos los que se esfuerzan por generar riquezas, aún anteponiéndolas a las personas, lo hacen porque existe una razón humana detrás. Aunque ésta razón no sea más que la de generar envidias y rencores al mundo en el que vive. 

Así pues, no olviden el sentido de la vida, no olviden que sí, tienen que anteponer sus propios intereses a los del resto, pues sino recibirán muchos desengaños; pero en el momento en el que alguien haga algo por ti, mata por él o ella aunque te vaya la vida en ello.

jueves, 26 de julio de 2012

No abandonen a Grecia


Por favor, no abandonen a Grecia. No abandonen a su gente, a los niños, a los ancianos. No abandonen a quienes buscan trabajo sin encontrarlo, a quienes lloran a escondidas y se secan las lágrimas para demostrar entereza ante los suyos. No abandonen al que lleva trabajando decenas de años y lo ha perdido todo. A quién lleva estudiando desde que tiene uso de conciencia y ahora no encuentra su lugar en el mundo. No abandonen al que sí que se levanta para trabajar; para trabajar horas y horas por un sueldo tercermundista. 

No miren para otro lado. Les han obligado a eliminar su futuro para hacerse cargo de una deuda de la que el pueblo llano poca o nada de culpa tiene. Han asumido los recortes, han asumido el final anticipado de sus vidas cuando no podían más. Los suicidios se han multiplicado y aún hay quienes tienen esperanzas. Háganlo por ellos. Les asustaron en las elecciones, les dijeron que el partido de izquierdas, por entonces uno de los favoritos, iba a abandonar el euro cuando eso era mentira. Consiguieron su objetivo y la derecha gobierna. Y pocas semanas después deciden dejarlos en mano de los dioses...de Zeus, Hestia, Hades y otros tantos entes olímpicos. No sean los verdugos de tantas y tantas personas. Piensen en el ser humano que hay detrás de las cifras. No los maten, levanten su sentencia y aparten el dedo del gatillo.

Por favor, no abandonen a Grecia.



lunes, 2 de julio de 2012

Carta de suicidio


Aquella publicidad copaba todos los carteles. Los autobuses la llevaban en sus puertas, las radios la emitían con una canción pegadiza de fondo, tiraban folletos publicitarios desde helicópteros y todas las figuras públicas salían con ella por televisión. Era el gran boom del momento. Momento que ya duraba tres años y que parecía no tener freno. Su irrefutable fama superaba a la de cualquier otra empresa o cualquier famoso. Todos eran eclipsados por Looma. Sus colores, su forma... su sabor. Looma era un nuevo refresco que en pocos meses se convirtió en una auténtica moda desbancando en el mercado al resto de productos de la misma categoría. Y en apenas un año ha pasado de ser una moda a ser una auténtica forma de vida. ¿Su secreto? Una maravillosa fórmula que combinaba diversas frutas y un nuevo tipo de droga, aquella que todos conocían ya como La droga de la felicidad, extraída de una planta de la frondosa selva amazónica. Cuando fue descubierta muchos paises iniciaron trámites para ilegalizarla pero desde que la bebida se hizo hueco en el mercado los gobiernos pararon su prohibición a riesgo de pecar de  impopulares. Y ahora todos la beben. 


Bajo los efectos de la nueva droga –de la que no se han reconocido aún efectos secundarios perjudiciales– la gente no siente dolor, sus problemas se evaden y chorrean endorfinas. La felicidad que no son capaces de conseguir con los problemas sociales o familiares que padecen la obtienen de este nuevo refresco accesible para casi todos. De esto último se encargó su inventor, el multimillonario Edgar Loom. El señor Loom empezó vendiendo un producto atractivo por sus características y con el que buscaba un mínimo margen de beneficio, lo que le permitía ofertar la bebida a un precio muy bajo. Sus competidores, pese a que al ver su rápido ascenso bajaron sus precios, no consiguieron combatir los efectos de la nueva bebida. Fue entonces cuando empezaron los juicios, los pleitos... donde la competencia denunciaba la droga que contenía y que, de forma inverosímil para ellos, seguía siendo legal. Pero cuando hubo que tomar una decisión, los consumidores ya habían dictado sentencia. Todos andaban ya enganchados al nuevo fenómeno mundial. El Looma era legal. Y a partir de entonces el consumo fue aún mayor. Los que no se habían decidido a probarlo por miedo a los efectos lo hicieron cuando ésta fue amparada por la ley; todos confiaron en la justicia. El señor Loom, lejos de volverse un loco avaricioso –como la mayoría de nuevos ricos– y subir los precios, los mantuvo igual. Todos tenían acceso a la bebida y esa era su principal baza para eliminar competidores. Ganaba muy poco por cada bebida pero era consumida por todos. En poco tiempo hizo una fortuna. El mundo era feliz.



El mundo era feliz pese a la gran tasa de paro que asolaba el país. Entre el 30 y el 60% llevaban meses sin empleo. No había datos oficiales pues el gobierno eliminó la poca transparencia de la que disfrutamos antes. Los subsidios, cada vez más bajos; el sueldo mínimo ya era ínfimo y las diferencias entre clases cada vez mayor. Sin embargo, los índices de felicidad eran los más altos que uno podía imaginar. Ya la gente no lloraba cuando su pareja le dejaba, bebían Looma. En los tanatorios se celebraban vergonzosas fiestas entre los parientes cercanos que eran capaces de encontrar una siniestra comicidad gracias a la polémica bebida. El mundo dejó de importarle al mundo. El fenómeno Looma eclipsó los ojos de los hombres como nada ni nadie había hecho antes. Desgraciadamente en el planeta, la responsabilidad para con éste dejó de existir.



Y ahora les confieso algo. Yo conocí a Edgar Loom. Estudió conmigo en la universidad. Luego me casé con mi pequeña, con mi Emma. Ésta encontró trabajo como jefa de prensa, llegó a la corporación de Edgar Loom, le conoció, se hicieron amigos y el resto se lo imaginarán cuando lean esta carta. Cuando vean mi cadáver tendido sobre la mesa y el bote de cianuro vacío. Yo soy el único que dejó de ser feliz con el invento de Loom. Yo perdí a mi pequeña, único motivo para levantarme e ir a trabajar día a día. Se acabó todo para mi. Ahora dejo este mundo vacío de sentido y de principios, un mundo que no llorará mi muerte. Ni la mía, ni la de nadie. El mundo ha dejado de derramar lágrimas, el mundo está muerto y es feliz.

miércoles, 27 de junio de 2012

La historia de Marc (Parte III)


Se dirigía con pasos lentos y firmes por el Hospital Psiquiátrico de Mayfield. Saludó con un gesto tosco al guardia de seguridad y caminó rumbo a la celda LXXII donde ya le estaría esperando. Y allí estaba, posado en su cama, rodeando sus piernas con los brazos y huyendo con la mirada de la húmeda celda que le rodeaba. Entró y, sin saludarle, se sentó a su lado, suspiró y clavó sus ojos en la pared, tomándose unos segundos antes de empezar a hablar.

—Dicen que el amor llega en un suspiro. Puedes encontrarlo en cuestión de horas, de minutos, de segundos...en apenas un instante. En un sólo momento puedes tocarlo, puedes palparlo y en las horas, los minutos, los segundos siguientes eres capaz de sentirlo como tuyo. Encontrarás como maravillosas coincidencias todas vuestras cosas en común y, como detalles sin importancia, incluso graciosos, todas esas cosas que os distancian, pero que no os alejan. Vuestras discusiones serán entre risas, silencios y miradas de complicidad. El futuro que se os presenta se tornará imprevisible y perfecto a la vez; mientras no os atrevéis a planearlo no podéis evitar soñar con lo que os depara la vida. El tiempo que no estáis charlando estáis, simplemente, deseosos de hacerlo. La felicidad cae como del cielo y os sentís los seres más afortunados del mundo. —¡Bendita la vida y benditas sus casualidades! ¡Bendito el plan que los astros me tenían preparado! ¡Cómo os lo callasteis, dichosos!— pensaréis. Y todo esto en cuestión de horas, de minutos, de segundos...de instantes.

Pero a la hora de olvidar, loados sean los dioses, es otro mundo. Para olvidar hacen falta mucho más que horas. Hacen falta días, varios; y noches, muchas. Noches de melancolía, de imágenes, de botellas vacías y vasos llenos, noches de poesía, noches de canción, noches largas. Noches en la que te esfuerzas por rememorar esas cosas que ni de lejos eran capaz de separaros pero que crees que no vas a echar de menos. Intentas odiar, odiar con todas tus ganas su sonrisa. —¡Me ponía enfermo!— te dirás, pero en el fondo de tu alma sabrás que es mentira. Se te aparece a tu lado e intentas discutir con ella, quieres que te deje, que se desvanezca, que se vaya y que no vuelva. Tu futuro ahora es gris, está vacío, no eres capaz de ver más allá de los vasos rotos que vas dejando por el suelo. Maldices al destino y a quienes os cruzó. Maldices el momento en el que la conociste, en el que llegó a tu vida. Imaginas un mundo donde ese día no estabas en ese sitio a esa hora, un mundo que, ahora sí, crees que sería más feliz.

El amor, querido Marc, no se va tan rápido, no señor. Ni días ni noches son suficientes para que se largue, se necesita algo que te cambie la vida. No hablo de un nuevo amor, pues no querrás sentir esa sensación de nuevo en mucho tiempo, pero sí un motivo para despertarte por las mañanas y no lanzar el despertador contra la pared, un motivo para soltar la botella, coger tu vida por los cuernos y decirle: “aquí, aquí estoy yo. Vida hay una y ésta es mía, y como tal, la quiero para mi”. Pero para eso se necesita mucha valentía. Hace ya quince años que creíste haberla olvidado, quince años desde que intentaste matar al amor de una puñalada. Pero el amor, querido Marc, el amor no se va tan fácilmente. No se puede matar, no se puede acuchillar, no se puede ahogar. No puedes ensañarte con él una y otra vez tal y como hiciste con ella. El amor no tiene sangre que derramar, ni tampoco tiene un corazón que puedas parar, ni ojos que cerrarle. El amor no se va cuando los gusanos arrasan con sus deshechos vacíos de vida, no señor. El amor no se va, no emigra, cuando tu quieres que eso ocurra. El amor se va, se va y no vuelve, cuando él decide irse. Y ni tú, ni tus dioses ni los astros podéis hacer nada para cambiar ésto. Hace quince años ya Marc, quince años y sigues con tu pena, con tu Lucy grabada a fuego en la mente. Quince años y aún se sigue apareciendo a tu vera; sonriente, rubia, perfecta y sin reproches que hacerte. Porque en el amor, querido Marc, no existen los reproches. Sólo existe el amor para el amor—.

En ese momento el sacerdote Wallace salió de la celda y dejó ahí a Marc sentado en su cama, mirando al suelo y sollozando.

—Aún le falta al menos quince años más— murmuró Wallace en voz baja, sin que nadie le oyera, mientras entraba en la celda contigua.

sábado, 9 de junio de 2012

Me declaro autosuficiente


Me declaro autosuficiente. 

A partir de ahora seré yo quién marque mis horarios. Seré yo quién diga lo que queda y no queda bien con mis orejas. Seré yo quién decida comerse el mundo por la mañana o por la tarde. Yo, yo y solamente yo decidiré qué hacer con los cinco minutos que paso en la cama –entre que suena el despertador y me incorporo- en ése tan poco placentero estado de trance. Decidiré entre cerrar un ojo o los dos. Yo, nadie más, elegirá que camino incorrecto voy a tomar en el próximo cruce. Juro ante vuestros dioses; impotentes, capados, inverosímiles y egoístas; que el día de hoy será el último en el que tú, gran empresa multinacional; tú, familiar entrometido; tú, amigo sinvergüenza; tú, arpía; tú, seas quien seas, te reirás ante mis hocicos por mi vulnerable escudo-para-siempre. 

Me declaro autosuficiente y, lo que es más, me declaro autosuficiente para siempre. Desde ya. Ya. 

Eso sí, si se me olvida, espero que me lo recordéis. Pero sólo eso. 

viernes, 1 de junio de 2012

Nos quieren callar


En Honduras los estudiantes luchan por democratizar la universidad. Muchos estudiantes detenidos, algunos, asesinados. En Brasil los profesores lideran las protestas universitarias con 50 universidades en parón desde el 17 de mayo. En Canadá llevan 3 meses parados, 700 detenidos en una sola noche hace algunos días. Por Chile no se andan con tonterías y vuelven, un año más, a tomar las calles por la enseñanza pública. En España Sevilla ha parado y otras universidades, estoy seguro, se sumarán al parón. 

¿Por qué en pleno siglo XXI cuesta tanto que estas noticias vuelen por el globo? ¿Por qué no nos enteramos ni de la mitad de la mitad de lo que ocurre en el mundo?

La censura de dos cuentas** de Twitter que seguían la actualidad del parón de Sevilla es una respuesta que no necesita mayor explicación. Que la noticia de la señora que puso a su hija Inem de nombre haya sido emitida una y mil veces en televisión es otra respuesta. En la era de la información las altas esferas del poder manejan, a su antojo, las noticias; las crean, las emiten, las promueven. Y ellos también las censuran. Internet es el mayor arma antidictatorial que existe y éste comienza a ser controlado a pasos agigantados.

**(Edito 4 de junio. Ya son 7 u 8 las cuentas de Twitter censuradas, he perdido la cuenta.)

Pero la mayor preocupación de los luchadores de nuestros días no ha de ser esta (in)comunicación. Los derechos se consiguen, se pelean, en la calle. Como se ha hecho siempre. Y eso nos han intentado demostrar los mineros españoles que se han desplazado hasta Madrid. Al fin y al cabo la calle es donde se expresan los ciudadanos. Los ciudadanos que no andan dormidos frente a las múltiples pantallas de nueva generación quejándose sin levantar la vista de los píxeles sobre el mundo que les rodea, por el cual no han luchado y, parece, no van a luchar nunca.

Pero detrás de esta ola de acomodamiento, detrás de esta sociedad hueca, fría y distante, están las excepciones. Las excepciones son los jóvenes que se han abrochado las zapatillas y han desabrochado el cerebro para luchar, ahora sí, por lo suyo, por su presente y su futuro. Son miles los jóvenes y no-tan-jóvenes que han apagado las pantallas y han encendido la bombilla que hay sobre sus cabezas. Países enteros comienzan a levantarse. Un nuevo mundo está naciendo y ellos, los medios de comunicación de masas controlados por el poder, no nos lo quieren mostrar.


Pero se lo vamos a enseñar:




 Aquí estamos y aquí seguimos.




Y no nos paran.



martes, 24 de abril de 2012

Me gusta España



Me gusta España. 

Entiéndame; no me gustan los políticos, ni los banqueros, ni los empresarios en general. No me gusta la gente que se queja mientras se rasca la barriga, los estudiantes que critican los recortes y sólo salen a la calle para beber, no me gustan esos obreros que aceptan con sumisa facilidad que sus hijos vayan a un futuro peor. No me gustan quienes intentan estafar a hacienda, quienes fingen enfermedades para coger la baja y tirarse unas buenas vacaciones o montar aires acondicionados. No me gustan quienes viven por y para la vida de otros sin mirar la suya propia, la que es real, ni tampoco me gustan quienes toman la plaza cuando su equipo favorito de su deporte favorito hace algo supuestamente meritorio. No me gusta esos trabajadores que traicionan a sus compañeros a cambio de un mal llamado sueldo, ni me gustan esos estudiantes que hacen lo mismo incluso cuando no hay dinero de por medio. No me gusta nada que las mujeres desempeñen, con la cabeza baja, el puesto de ama de casa y luego se vayan a limpiar escaleras con un marido depresivo y en paro en el sofá. No me gusta la España del Sálvame, del Gran Hermano, de los granjeros buscones, la España de quienes venden su vida y la de los que le rodean a cambio de dinero. No me gusta quienes, lejos de ejercer conciencia crítica, aceptan a mansalva cuanta manipulación les llegue, cuanta información procesada caiga en sus manos, sin más objeción que el nombre del medio que la redacta. No me gusta la España del viejo criticón, de ese anciano o anciana que mira a la juventud con desdén cuando estos salen de los carriles marcados por quienes controlan la manada borrega; ni tampoco me gustan esos jóvenes que tratan a sus mayores con menosprecio, pensando que sobran ya de este mundo maltrecho que le han legado y quieren cambiar sin esfuerzo ni sabiduría. No me gustan las mujeres que se pasan horas ante el espejo, retocando su preciosa e imperfecta piel para convertirla en una extensa pared enyesada que recuerda a cualquier cosa menos a cualquier mujer. No me gusta la España de quienes ven arte en la muerte, ni de quienes se aprovechan de ello para hacer política o dinero; o las dos a la vez. No me gustan estos adultos acomodados –aburguesados como me gusta llamarles– que, recibiendo un mundo mejor de sus abuelos, van a ofrecer a sus hijos uno bastante peor, uno basado en la codicia y el dinero.
Pero me gustan los que piensan, los que leen, los que charlan con cualquiera. Me gustan quienes salen a la calle para algo más que ir de copas. Me gustan, me gustan mucho quienes no se callan. Quienes trabajan por los demás antes que por sí mismos. Quienes ofrecen la mano y el brazo. Estos me gustan mucho. Me gustan quienes defienden su futuro a capa y espada. Me gustan quienes regalan amor. Me gusta el trabajador que se juega su pan por el bien común. Me gusta el periodismo libre, crítico, el periodismo para el pueblo. Me gustan los estudiantes que agarran sus libros, su futuro, y no lo sueltan aunque porras golpeen sus manos. Me gusta el futuro que proponen mentes soñadoras. Me gusta –créeme que me gusta– quienes escriben, quienes cuestionan lo ya escrito, quienes se plantan delante de cualquier intelectual y le cuestionan la vida misma. Quienes defienden sus ideas como si les fuera la vida en ello, estos son de mis favoritos. Adoro a los que regalan por regalar. A los que regalan cualquier día del año que no sea especial. Quienes regalan algo inmaterial. Quienes regalan besos, abrazos, amor.


 

Me gustan las mujeres que salen de la casa y luchan en la calle. Estas que sueltan la fregona, se sacuden el polvo y cierran el bote de lejía son las mujeres perfectas. Mujeres con arrugas de mujer, con ímpetu de mujer, con ganas de ser mujer de verdad y no una burda plastificación. Esas mujeres que bañan sus pómulos con lágrimas de firmeza, que alzan ideales y cierran el puño. Que pelean con tanta persistencia que cualquier anacrónico machista se llevaría las manos a la garganta de la sorpresa ante tal espectáculo. Estas mujeres me encantan. Y me encantan esos mayores que después de haber luchado un futuro mejor para sus hijos, y viendo como estos no son capaces de hacer nada por los suyos propios, se lanzan de nuevo a las calles, sin signos de agotamiento, para luchar también por el futuro de sus nietos. Estos mayores cuya energía es envidiada por más de un jovenzuelo acomodado en la infelicidad y en sus mundos fantasiosos, virtuales e irreales. Jóvenes que esconden sus complejos en realidades virtuales, que encuentran una felicidad vacía en su mundo de ceros y unos; jóvenes y no tan jóvenes que ya ignoran al mundo, a cuantos viven en él y a cuantos lo padecen. Jóvenes que no salen a la calle cuando hay que salir porque la temen. Me gustan los trabajadores que se levantan día tras día a trabajar, a buscar trabajo si no lo tienen, a crear trabajo si pueden. Me gustan mucho los trabajadores. 


Y me gustan las personas con un cerebro entre parietal y parietal. Con ganas de pensar, de leer, de admirar el arte. Con ganas de cambiar el mundo.
Me gustas tú.